Text Widget
Interactively incentivize team driven markets and accurate meta-services. Progressively engage cutting-edge catalysts for change after efficient potentialities. Professionally generate extensive process improvements for process-centric niche markets. Dramatically initiate end-to-end niches whereas integrated best practices. Professionally envisioneer ethical results rather than team building synergy.
Recent Works

Así está bien, abuelo Aguafuerte

Le sujeté la mano y le susurré que todo iría bien. Llevaba la barba rala, él que siempre había odiado estar sin afeitar e incluso me aconsejaba afeitarme cada vez que me veía, el pelo blanco y brillante como siempre, pero ahora deshilachado, como si no fuese el hombre impecable que siempre había sido. Pusimos un partido de fútbol en la tele, me miró como se mira en la ruta a través de la ventana, sin detenerse en nada en particular, como si yo fuese un pastizal amarillento en medio de la planicie. Estaban pasando las mejores jugadas de Barcelona-Juventus y, en una corrida de Messi que acabó en una atajada fenomenal de Buffon, apretó los ojos y los labios –metidos hacia adentro sin la dentadura- y me dijo: “Uh”. Fue lo último que me dijo y me apretó la mano. Yo seguí acariciándole la palma.

Las manos de mi abuelo eran gruesas y fuertes, como ninguna en toda la familia. Quizás porque fue el único que se dedicó al trabajo manual. Era maestro mayor de obra y tuvo muchos años una fábrica de muebles. Carpintero. Cuando era chico nos hizo unos muebles idénticos a mí y a mi hermano: un escritorio con dos puertas abajo, estantes arriba y un banco de madera. Eran rojos y fueron, hasta los 10 años, el lugar de la tarea, la lectura o el juego.

No era muy locuaz, pero había una anécdota que me gustaba particularmente y la contaba cada vez que se lo pedía. Lo hacía con un orgullo notable y con los ojos brillosos. Cuando había estado en la colimba, por un intento de zafar o por algún berrinche menor, había caído en prisión. Durante los meses que estuvo allí se las ingenió para tallar, en una moneda, la leyenda “Te amo”, y la fecha. Era un regalo para mi abuela, que era su novia de entonces.

Años más tarde, cuando hicieron su casa, copió para ella un modelo exclusivo de muebles italianos y los realizó íntegramente en su fábrica. Todas sus proezas eran manuales.

***

Cuando le pregunté sobre su sobrina no quiso hablar. Se mordió el labio y, como si se hubiese autoinflingido una herida adrede, se le llenaron los ojos de lágrimas. Eran gotones cristalinos aferrados a su córnea como un lente de contacto, que le volvían la pupila más grande, e –intuyo-, se le habrá borroneado los contornos de mi cara y de cada objeto en la habitación. Para entonces yo sabía lo que se puede guglear. Que Raquel Liliana Gelín era la primera mujer muerta en combate, que había sido asesinada por las fuerzas policiales provinciales cuando intentaba asaltar un banco en Córdoba, que había sido pareja de Alberto Camps y que, juntos, eran miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Que Paco Urondo le había escrito un poema tras su muerte.

Como un viejo guerrero, tirando
un manojo de luz a la cara
de los sombríos, ha muerto
una chica de veinte años; pudo
ser mi hija

También sabía algunas cosas que no podían guglearse. Que su madre jamás se había recuperado del todo, que guardaba aún la camisa con rastros de sangre y agujeros por las balas con las que había muerto, que su prima -mi madre- había tenido en ella a una especie de referente mayor pasajera y efímera, que mi abuelo la adoraba y que fue él el último de la familia que la vio con vida, unos meses antes de su muerte, en una visita clandestina que Liliana había hecho a sus tíos. Que mi abuelo la llevó hasta una entrada del subterráneo y que, una vez que ella bajó, nunca más la vio. Que, probablemente, se haya quedado mirando hacia esa boca de subte que se tragaba.

Aquí habrá batalla como en los campos
de Córdoba, rayo de dolor, escalofrío
donde murió valientemente una chica
de veinte años: hijita mía,
palomita tremenda, duérmase
mi niña, duérmase mi son que ya nadie
la va a molestar. El Cuco será derrotado
y sus hermanitos y padres cuidarán
de su jardín, regirán los reflejos de su pasado.

Intenté volver a preguntar, pero sentí que el peso y reaseguro del silencio -de 30 años de silencio- caían sobre el modelo familiar y me exigían cierto respeto. Sus pupilas, cada vez más dilatadas y borrosas, parecían perdidas. Supuse que estaría hurgando en su memoria, buceando en el tiempo para acercarse a esa boca de subte, a Liliana. Sus ojos celestes, casi transparentes, dejaban ver hacia adentro pero no alcancé a ver nada.

***

En los últimos años había perdido la movilidad; y el encierro, mezclado con la falta de vinculación práctica con el devenir de los días -esa sensación de que da igual estar en piyama o vestido, en la cama o de pie, con barba o sin barba, por ejemplo-, habían hecho del abuelo una persona afecta al desconcierto y al silencio. Si toda la vida había sido un hombre de pocas palabras y voz calma, la última etapa de su vida lo encontró exacerbado en aquello de escuchar su propia voz y ensimismarse en algún lejano rincón espacio temporal.

Un detalle: desde que supo que en casa teníamos una gata, comenzó a narrar con frecuencia una historia de su infancia. Tenía, nos contaba, 7 u 8 años cuando dejó la casa de su niñez y, desde el camión de la mudadora, vio los ojos de Juan Manuel, un gato que tenía por entonces -creo que color café con leche, no recuerdo bien- que lo miraba a modo de despedida, pero también de reclamo. Nunca más lo vio, pero -a juzgar por la repetición de la historia cada vez que nos veía- lo recordó toda la vida.

En la última visita a la clínica en la que permanecía internado, pero también en esos últimos encuentros esporádicos a lo largo de los últimos dos años en su casa, en esos ojos celestes y diáfanos, los de mi abuelo, pude ver y conocer a Juan Manuel y a esa pequeña porción de otro tiempo, que nadie podría ya contarme. Ahora que ha muerto, me veo en los ojos de Juan Manuel, diciéndole al hombre cansado que ya estuvo bien, que estos ojos lo miran con cierta nostalgia pero que lo liberan; que los suyos, que tanto han visto, pueden al fin cerrarse. Y que nunca sabremos si nos veremos en alguna nueva morada, pero que siempre tendremos este recuerdo eterno de nuestros ojos, que se cruzan y sostienen la mirada sin reclamo alguno.

Y que así está bien.


Brian Majlin (@bniljam) es periodista, politólogo y escritor, nacido en Buenos Aires, Argentina. Egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de TEA. Ha colaborado -colabora- en varios medios gráficos, como el Suplemento NO (Página 12), el Suplemento de Educación del Diario Clarín, la sección Mundo de Tiempo Argentino y la Revista Distintas Latitudes (Revista Digital de reflexiòn latinoamericana – México DF). Trabajó en la redacción de Clarín, en la Agencia Nacional “Política y Medios” y en el portal "Minutouno.com". Actualmente se desempeña en el área de comunicación del Teatro Colón. Publicó artículos de política internacional y otros géneros en Página 12, Tiempo Argentino y Perfil. Además, ejerce la docencia en enseñanza media y universitaria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *