Text Widget
Interactively incentivize team driven markets and accurate meta-services. Progressively engage cutting-edge catalysts for change after efficient potentialities. Professionally generate extensive process improvements for process-centric niche markets. Dramatically initiate end-to-end niches whereas integrated best practices. Professionally envisioneer ethical results rather than team building synergy.
Recent Works

Don Quixote Destacados / Ensayos

¿Por qué Pierre Menard quiso reescribir el Don Quijote? En Ficciones de 1944, Jorge Luis Borges ideó un personaje, un escritor de nombre Menard, cuya obra invisible, inconclusa, había sido la reescritura de la obra cervantina. El nuevo texto, aún coincidiendo palabra por palabra con el original, escrito y leído en el siglo XX, adquiría un nuevo significado. Detrás del relato, trascendía una tesis siempre latente en Borges: el lector es el verdadero autor de la obra.

Sin embargo, no es errado preguntarse por qué el personaje borgeano reescribió el Don Quijote. Toda elección conlleva una negación. Pierre Menard se propone escribir la novela cervantina, pero no La metamorfosis de Kafka, ni La Divina Comedia de Dante, ni Macbeth de Shakespeare. Dentro de todas las posibilidades, elige El Quijote.

Publicada la primera parte en 1605, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha nació como la primera novela de la literatura universal. Pero esa no fue su única innovación. Cervantes construyó una obra donde narradores y lectores no paran de entrecruzarse.

Don Quijote, antes que nada, es lector.  Así lo describe el primer capítulo: “Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer los libros de caballería”. Esa lectura minuciosa de la caballeresca del Amadís de Gaula, de Belianís de Grecia, del Caballero de Febo, es la que le permite inventarse como personaje.

Él sabe que tiene que velar sus armas antes de ser nombrado caballero, que tiene que poseer un nombre —“don Quijote de la Mancha” o “Caballero de la Triste Figura”—, un caballo —Rocinante—, un escudero —el vecino ingenuo y un poco loco, Sancho Panza— y una amada, “porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”. Así, el viejo hidalgo renace como Quijote porque, en tanto lector, puede ser autor de su propio personaje.

Este rol de lector/autor se profundiza a lo largo de toda la obra. El Quijote lee la realidad para luego reinventarla en una ficción —que, claro está, para él se transforma en vida. Los molinos de viento, así, se convierten en gigantes, los rebaños de ovejas, en ejércitos contra los que luchar.

Es fundamental, en la segunda parte publicada en 1615, el momento en que Sancho y el caballero andante se enteran por un vecino que El Quijote está siendo leído y traducido en el ámbito universitario. Es ahí donde tanto el caballero, como su escudero, corrigen al autor de su propia ficción: “Ahora digo —dijo Don Quijote— que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador”. Así deciden, como personajes en busca de un autor, salir nuevamente para ser escritos.

Esa tensión entre lectura y escritura no solo reside en el protagonista, sino también en una constante aparición de personajes que se transforman en narradores de relatos. Así escuchamos la historia del loco de Sevilla —narrada por el cura amigo del Quijote;  las aventuras de Dorotea, una joven que se hizo pasar por princesa; la relación de Grisóstomo y Marcela, relatada por un cabrero; incluso leemos la transcripción de una obra dentro del texto cervantino, la Novela del Curioso Impertinente.

Donde esa tensión llega a un límite es en el mismo rol de autor. Leemos la obra en lo que parece ser una narración tradicional donde el autor, como un Dios, parece saberlo todo. Sin embargo, sin aviso, en el capítulo 8, ese contrato entre narrador omnisciente y lector se quiebra. En el medio del relato de un combate, se corta la narración: “Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor de esta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito de estas hazañas de don Quijote […]. Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido”.

Es entonces que se visibiliza la figura del recopilador de la obra, aquel que busca y selecciona los textos acerca de este caballero andante, aquel que finalmente encuentra su continuación, la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Este recopilador, que se encarga además de conseguir un traductor morisco, transgrede su rol. No solo se limita a la difusión del texto en castellano sino que también, como lector, constantemente analiza y opina acerca de la obra: “Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que lo tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio”.

En 1614, un tal Alonso Fernández de Avellaneda escribió una segunda parte de El Quijote. Un año después, como reacción, Cervantes publicaba la continuación de su obra y le daba un cierre definitivo. En el prólogo de 1615, donde destroza al otro autor, escribía: “Te doy a don Quijote dilatado, y finalmente muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios”. Cervantes daba muerte a su personaje para no ser reescrito.

No obstante, a lo largo de su obra permanece oculta la idea opuesta. “[…] asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo”. Esa idea oculta es que, como el mismo Quijote, todo lector puede ser un Pierre Menard.


Martina Nudelman (@funesvera) nació en Buenos Aires, Argentina. Es Licenciada y Profesora en enseñanza media y superior de Letras con Orientación en Lingüística de la Universidad de Buenos Aires. Estudia el Profesorado de Italiano en el Instituto Superior Joaquín V. González. Participó en 2012 de un Ubacyt (Ciencia y Tecnología): Multimodalidad y estrategias discursivas: el caso de las redes sociales (Facebook y Twitter). En 2013 presentó “Facebook: el libro de la imagen” en las II Jornadas de Jóvenes Lingüistas y, en 2016, “Dante, lector de Virgilio” en el I Congreso Argentino de Estudios Dantescos y en las Jornadas Interdepartamentales del ISP “Dr. Joaquín V. González”. Actualmente trabaja como docente de italiano, latín, lengua y literatura, matemática e historia.

Comentarios

  1. Excelente, Martina, como siempre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *