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Iván el optimista Destacados / Entrevistas

“Y como estamos en tiempos sombríos, y es preciso salir de tanta oscuridad, le dedico este premio a Jorge Altamira, Néstor Pitrola y a la militancia del Partido Obrero y del Frente de Izquierda”.

Hace unas semanas, el 18 de octubre, a pocas cuadras del Obelisco, la Asociación de Cronistas del Espectáculo de la Argentina entregó los premios ACE. Roberto Iván Moschner ganó como el mejor actor de teatro alternativo por el cura que interpretó en Todas las Cosas del Mundo, la obra de Diego Manso dirigida por Rubén Szuchmacher.

Iván subió al escenario con cautela, como si procesara las palabras que diría, tomó el premio con un gesto de emoción sentida, leyó en su celular un mensaje para no olvidar a nadie. Agradeció a sus compañeros de elenco -Ingrid Pellicori, Juan Santiago, Horacio Acosta, Paloma Contreras y Fabiana Falcón-, al director y al autor, y lo dedicó a su madre, ‘a mami’, a su coequiper de Ripio y Coco Brasil, Ariel Aguirre, y a Jorge Altamira, Néstor Pitrola y la militancia del PO y del FIT. Fue un modo de sentar una perspectiva, su mirada optimista sobre el futuro de la humanidad.

“La dedicatoria no era por quedar bien sino por reivindicar a Altamira, en tanto programa político. Él es atacado aquí y en todos lados constantemente. Y lo atacan por su programa, no por su persona. Y yo quiero reivindicar a esos hombres, que encarnan su valía personal y el programa. Veo a Altamira y lo leo como a (León) Trotsky. Creo que es un hombre de esos, a la altura de él, de (Vladimir) Lenin, de los grandes revolucionarios de la historia”, relata sin fisuras, admirado, Moschner.

— ¿Hablaste con él alguna vez?

— Sí, alguna vez, y me encomendó alguna tarea que me quedaba grande. Él siempre tuvo una preocupación fuerte sobre el trabajo y desarrollo con los artistas, pero yo pude escribir muy poco, porque me enredo. No me sale.

***

El 25 de noviembre de 1963 nació en Puerto Piray, kilómetro 10, provincia de Misiones, Iván Roberto Moschner. Hijo de una maestra y de un camionero, creció con la selva y la tierra colorada como escenografía y desde los 4 años se vinculó con el universo de la actuación. El impacto que le provocó una obra que vio en una visita a Posadas, sumado a su participación en los actos escolares, fue determinante para que se decidiera en tal sentido.

Fantaseó con ser bailarín, aunque pronto lo descartó porque en el ambiente que lo rodeaba, de camioneros misioneros, era un arte demasiado afeminado. De puto, como decían allí. Y eso, al menos en ese entonces, era suficiente para descartar la idea.

Sus primeros pasos actorales fueron impulsivos, autodidactas. Su padre era además carpintero y lo ayudaba con la confección de la escenografía. Recién a los 14 años tomó su primera clase de teatro, para la que tuvo que acostumbrarse a viajar 12 kilómetros —a veces a pie—hasta Montecarlo, el pueblo más cercano, ubicado entre Posadas y Puerto Iguazú.

En su hablar arremolinado, Moschner define los factores que lo llevaron a la actuación como una mezcla de casualidad y convicción. Lo marca —por ejemplo— en el momento en que, con 17 años, intentó ingresar a la Aeronáutica, pero fue rechazado por su altura. “Quizás terminaba siendo un fascista”, ríe. Una ocurrencia que hoy, con más de 30 años de trayectoria y consecuencia militante, parece improbable, pero que entonces le parecía posible.

—¿Cómo veían tu vocación en la familia?

—Me apoyaron siempre. Mi papá nomás me preguntó por qué no estudiaba algo más cerca. Los volví locos de chiquito. Mi vieja también me alentaba, aunque más tarde, por mi militancia, se hizo más conservadora: “Nene, no te van a dar trabajo”. Pero nunca oculté mi filiación partidaria. El otro día me preguntaron si no me quemaba la carrera por dedicarle el premio a Altamira; y yo le dije que no, que soy actor porque actúo, pero que además sé trabajar, limpiar casas, escribir a máquina, lo que sea, entonces no dependo de nadie para decir lo que digo.

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El currículum de Iván Moschner tiene casi 20 hojas entre obras en las que actuó, aquellas en las que dirigió, clases o seminarios a los que asistió o impartió, algunos pocos cargos públicos —fue director de Teatro de la Provincia de Misiones entre 1992 y 1995 y director de Cultura Ciudad de Posadas, entre agosto y diciembre de 2001, períodos en los que discontinuó públicamente su militancia— y, entre los nombres de aquellos que lo guiaron en su perfeccionamiento artístico, como Inda Ledesma, Rubén Szuchmacher, Patricia Barone o Raquel Sokolowicz, figura, entre otros, el de Pablo Rieznik.

“Fue el primero que me dio un curso del Estado y me abrió una perspectiva, una manera de pensar. Fue definitorio. Lo tuve que poner porque toda mi actuación fue otra desde ese punto”, señala Iván con una mirada que bulle tras sus dos ojos verdes y saltones, tan característicos.

Iván les otorga a sus maestros —a Rieznik, por ejemplo— el reconocimiento a los que guían y desanudan un curso y un sentido en la propia biografía. El curso del Estado es el paso iniciático de los militantes del Partido Obrero, que se integran a un modo de hacer política, pero también de analizar y caracterizar la realidad. Lo imparte un cursillista —militante avezado, dirigente partidario—que nutre a los participantes con un método de análisis.

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—Hola, soy Roberto Iván Moschner, soy cadete y quiero afiliarme.

—Cómo no, llene esta planilla.

Moschner tomó el papel, completó sus datos, bajó la escalera del local central de Partido Comunista, agarró Callao hacia Corrientes, en pleno centro porteño, y se dijo a sí mismo que ahora sí, que al fin era comunista. Faltaban unos meses para la elección que proclamaría a Raúl Alfonsín como Presidente. Promediaba 1983.

Dos semanas más tarde, en el Hotel Savoy, el PC presentó su programa para las elecciones, en el que, entre otras cosas, planteaban alianzas con el peronismo, con Herminio Iglesias. Moschner sintió una puntada, un dolor extraño como un mareo, dice que aún no sabía bien quién había sido José López Rega, pero que conocía lo que era el peronismo porque parte de su familia lo era o lo había sido y que a él no le gustaba. Ahí mismo se levantó, sin escuchar al discurso siguiente, y se fue. Era domingo y todo estaba cerrado, incluso el local de la calle Callao. El lunes, a primera hora, subió las mismas escaleras que había subido unas semanas atrás, se paró ante la misma persona y le dijo:

—Hola, soy Roberto Iván Moschner, soy cadete y quiero desafiliarme.

Dice que no le dieron ningún recibo y que, por eso, piensa que aún debe estar afiliado. “Yo soy muy formal y quería un papel, capaz aún figuro en los registros del PC y en los de la Iglesia, porque estoy bautizado, seguro todavía deben estar cobrando”, ríe Moschner, con la cara completa. Con los ojos y cada gesto.

Iván no siempre fue ‘trosko’, aunque se definiera comunista desde una intuición primitiva. En 1981, en su primer año de estudio en la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD), encontró algunas incipientes asambleas y él, recién llegado de Misiones, sentía que tenía mucho por aprender. Su primer contacto con la diatriba política, con la noción militante y con la lectura formativa estuvo ligado a una compañera que conoció en ese espacio, Magdalena, aunque no sabe si se llamaba así o era un nombre de guerra. Aún eran épocas de dictadura militar.

Magdalena era una mujer aguerrida e instruida, militaba en el PST, y los domingos mostraba departamentos para una inmobiliaria. De ese modo, clandestinamente, hacía citas políticas y entregaba materiales. Iván tuvo así su primer acercamiento al comunismo: Magdalena le dio el Manifiesto Comunista y, con eso, su primera identidad política.

Aunque sintió interés real por esa causa, perdió contacto con Magdalena al año entrante, cuando el barullo de la ENAD le pareció poca cosa y decidió viajar una temporada por Brasil. El dinero le duró poco menos de un mes y el regreso, caótico, fue en autostop. Llegó una semana más tarde, desde Río de Janeiro a Misiones, afiebrado y sin un peso. Nada era como pensaba, pero se mantenía optimista. Era su modo de absorber la experiencia.

Con el regreso a la ENAD, ya en 1983, cerca de la mentada primavera democrática y con el desencanto con el PC a cuestas, conoció en una asamblea abierta al Cordobés, el segundo contacto político que le pasó materiales. En esta ocasión recibió una Prensa Obrera en una bolsa de residuos, camuflada y a la vieja usanza.

***

“Mi hermana comenzó a militar tiempo después, y siempre padecía la pérdida de algún compañero, siempre pensaba que éramos pocos. El tiempo demostró que no es así, que pese a que uno deje la militancia, aparecen muchos otros; pero yo siempre tuve otra mirada. En 1983, ante las elecciones, mi primera tarea era fiscalizar en La Plata; allí fui, temprano, lo tomaba muy en serio, me quedé todo el día y recogí un voto, que llevé en colectivo hacia donde nos reuniríamos. La fórmula era Gregorio Flores-Catalina Guagnini. Esa fue mi primera gran tarea física. Sacamos como diez mil votos”.

— Eran pocos…

—Para mí eran muchísimos. Yo pensaba: hay diez mil personas pensando en esta línea, qué maravilloso.

— Sos optimista.

—Sí, claro, porque alguien que vota al PO es alguien con una, al menos, mínima conciencia de clase. Y es un guerrero, alguien que está dispuesto a luchar. Años más tarde, un periodista derechoso de Misiones se mofaba porque habíamos sacado 51 votos, y yo dije: ‘apa, mirá che, 51 personas pensando en esa línea’.

— ¿El troskista es un ser optimista?

—Yo creo que sí, porque sigue pese a todo, y cuando comprende algo, avanza. Cuando era chico estaba la frase de que a los 40 se te pasaría la idea de ser troskista y yo me decía ‘por qué, si no sigo con esta convicción es porque me tiene que haber pasado algo’. Mirá, yo escucho a todos los políticos y si alguno me convence, me demuestra que está en lo correcto, le daré cauce; no soy un religioso de mi pensamiento. En el PO hay un programa, una perspectiva de hacia dónde va la humanidad y se plantea algo concreto ante esa debacle, por eso me pliego: no es que me gusta más el PO, sino que plantea un camino claro, un método de análisis y comprensión del mundo y es una herramienta política.

—Decías que te parecían muchos esos lejanos 10 mil votos, ¿cómo ves, ahora, la perspectiva después de Atlanta?

—El crecimiento me alegra mucho, para empezar, y creo que es consecuencia de una dirección seria. De un trabajo y su dirección política. Cuando el otro día gané un premio y decidí mencionar y destacar los nombres de Jorge Altamira y Néstor Pitrola, es una forma de señalar eso: una dirección política que sostiene preceptos y guía ese camino. Atlanta dejó un mandato, de todos modos, no es un acto de complacencia, y hay que ver qué pasa con el FIT, que está fortísimo, pero hay que ver hacia dónde va. Quedaron planteadas una serie de tareas; ese documento político para el acto es una guía de acción y tareas: el 20 de diciembre, avanzar y seguir. Por la convicción del PO, más allá de la cantidad de gente, el silencio en la escucha de los discursos —sin necesidad de punteros—, veo esa convicción. Es una fuerza política clara, definida y constante. Ojalá fuera así en todo el mundo, pero por suerte lo tenemos en Argentina.

***

Todas las críticas y notas sobre Moschner o las piezas en las que trabaja mencionan su versatilidad, la impronta y caracterización fuerte que imprime a cada una de sus creaciones. De la multiplicidad de personajes en Los hombres vuelven al Monte, de Fabián Díaz, al cura pedófilo y corrupto de Todas las Cosas del Mundo. Solo su capacidad puede volver adorable —o memorable—ese ser atroz.

Hace pocas semanas decidieron no continuar con Todas las cosas…, que le valió tanto reconocimiento y premios. Hubo una puja entre actores y productores —aquellos que ponen el dinero y gerencian la obra— y la cooperativa se puso firme. Para Iván ha sido una gran experiencia, pese a la desilusión con Szuchmacher, uno de sus mentores o primeros profesores guía.

El primero que decidió bajarse fue Moschner y lo anticipó en un diálogo franco. “No se lo puede reemplazar”, me diría Paloma Contreras unos días después. La decisión permite reflexionar sobre el teatro, los modos actuales y la combinación del arte y la política.

—Yo hago trabajo independiente, incluso pago por hacerlo en Moreno Cantera Juniors —el grupo que comparte junto a otros artistas y militantes—, no aspiro a ganar dinero, pero en ese proyecto de cuatro funciones por semana, que era prueba por dos meses, y luego eran cuatro y luego seis, necesitábamos manejarlo distinto. El problema no es de una persona, sino una forma de analizar y ver la situación del actor: los directores tienen la mentalidad de que se puede hacer teatro acá porque el actor lo hace gratis. Y, ojo, es cierto que hacemos teatro pese a todo, porque, si no, no podríamos actuar, pero cuatro veces a la semana ya es un trabajo y si no se retribuye, es una explotación absoluta. Y encima había que estar sumidos a la producción de la obra.

Moschner guarda el cariño del elenco, el amor por un proyecto:

—Fue muy lindo desde la creación artística donde todos fuimos realmente iguales, aunque cada uno en su rol, fue muy bella obra —Iván dice beia—; pero las relaciones humanas se dañaron mucho.

La mención a las condiciones de trabajo no es casual. En el teatro independiente argentino, la situación actual impone la conformación legal de una cooperativa que, en el mejor de los casos, funciona como tal en lo que refiere a la división de gastos e ingresos. Por lo demás, no funcionan las asambleas, no se resuelve necesariamente en forma colectiva e igualitaria y el mote cooperativo sirve, apenas, para llenar papeles y aspirar a subsidios tan vitales como escasos.

Esta no iba a ser necesariamente la excepción, pero las cosas se torcieron por diferentes elementos: porque exigía muchas funciones, porque se trataba del Teatro Payró con su historia de independencia y resistencia, y porque Moschner se propuso como delegado e intentó, junto a otros compañeros, que las asambleas se realizaran.

“El modo cooperativo de trabajo está siendo utilizado como un instrumento de disciplinamiento por parte del Estado y adaptación a las instituciones”, advierte Moscher. Y añade: “Normalmente es solo un trámite burocrático para el Estado, para otros, para los papeles y subsidios.

— ¿Hay una adaptación del teatro independiente?

—Todo el teatro independiente hoy puede ir a la calle Corrientes, todos los directores emblemáticos fueron independientes y pasan allí. No estoy en desacuerdo, pero si en su origen había una batalla del independiente versus el comercial o el oficial, entonces hoy eso ya no pasa. Lo que se produce es una simple mercancía. Y ojo que hay matices y diferencias, pero en gran medida es así.

— ¿Por qué?

—Porque la dirigencia actual de todos los organismos entregó las luchas. El Instituto del Teatro, PROTEATRO, Actores, todo emerge de luchas. Pero una vez conquistado fue tomado por Gobiernos y actores que se plegaron y lo pasan a adaptación y disciplinamiento del Estado. Hubo alguna batalla pequeña para modificar las condiciones, pero incluso es un ámbito de cooptación muy grande.

—Sin embargo todos aspiran al subsidio…

—Son miserias, pero aun así alivian.

***

En cada obra que interviene, en cada espacio que ocupa, Iván va con el optimismo que lo caracteriza en forma de Prensa Obrera. Esa, dice, es su primera instancia de contacto para sembrar un debate político con los demás artistas. “Después viene la difícil tarea de poder vender la segunda. Y de establecer un debate, que ya es un problema mayúsculo, porque corresponde con momentos políticos y determinados donde la gente actúa según cómo viene el contexto. En épocas más politizadas o de crisis la venta es más sencilla. Una segunda instancia, de avance leve, es comentar artículos, discutir. Algunos compañeros se van acercando y quedan más pegados, otros no, pero a lo largo de las décadas se ve la evolución de una persona y si se quedó cerca o no”, explica.

Mientras los debates sobre el rol del artista en la sociedad y los del artista militante se suceden, Moschner busca hacer carne la máxima del troskismo: toda la libertad en el arte. Dice que la postura militante va por fuera de la obra, que en el campo del arte hace cualquier cosa. Y que un artículo de

Pitrola, allá por 2001, es su marco de referencia: allí, en ese texto que narraba un piquete interrumpido por las fuerzas de seguridad y en el que se producía una refriega, Iván recuerda que Pitrola narra el modo en que dos compañeros, encargados de la cocina, levantaron todo y salieron corriendo, pero salvaron la comida para poder seguir peleando después; eso, dice, le parece claro y concreto: como artista el lugar es ser militante y poner el cuerpo. “Sé que el arte puede influir desde otros lados, pero ese es el lugar”, cierra.

— ¿Qué rol social le asignás al teatro?

—Para mí el teatro —junto a otras artes—es el despertar de un territorio. Es un producto, tal como lo conocemos en este sistema, porque no sé cómo será en otro momento. Hay una imagen muy clara, que tiene que ver con la alegoría de la caverna: las sombras, el reflejo, eso. El teatro, en esa dimensión, entra en el territorio de despertar algo por fuera de lo primario, de la comida y demás, y abre un camino. Pero no cualquier teatro, tiene que ser arte, tiene que ser el fuego de la caverna. No es teatro porque sí.

— ¿Imaginás cómo sería en una sociedad sin clases?

—Tal como están las condiciones de la humanidad —que el trabajo pesado se podría hacer, con horas repartidas, en dos o tres horas— todo el resto, todo el arte se va a trastocar, todos podrán dedicarse, habrá una enorme disponibilidad creativa de más gente. Y aún hoy ocurre en Buenos Aires, por ejemplo, donde mucha gente se lo permite por su condición económica, que se combinen dos factores: por la falta de organización de producción teatral y la falta de perspectiva, los miles de talleres y profesionales que salen al mercado se ponen a dar clases porque no hay nada para sobrevivir. Tienen que seguir haciendo teatro y por otro lado dar clases para vivir. Y así florecen escuelas. Convocan al ciudadano común que se expresa y crece. Por eso te digo, que esa disposición creativa ya está hoy en día, y con gente que trabaja ocho o diez horas diarias, imaginate si solo trabajaran dos horas. Así que no sé cómo será, pero será mejor para todos.

 

 

 

 

 


Brian Majlin (@bniljam) es periodista, politólogo y escritor, nacido en Buenos Aires, Argentina. Egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de TEA. Ha colaborado -colabora- en varios medios gráficos, como el Suplemento NO (Página 12), el Suplemento de Educación del Diario Clarín, la sección Mundo de Tiempo Argentino y la Revista Distintas Latitudes (Revista Digital de reflexiòn latinoamericana – México DF). Trabajó en la redacción de Clarín, en la Agencia Nacional “Política y Medios” y en el portal "Minutouno.com". Actualmente se desempeña en el área de comunicación del Teatro Colón. Publicó artículos de política internacional y otros géneros en Página 12, Tiempo Argentino y Perfil. Además, ejerce la docencia en enseñanza media y universitaria.

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