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Fidel, músico de hombres Ensayos

Amanecer del 25 de noviembre de 1956.

Ochenta y dos hombres armados, comandados por Fidel Castro Ruz (su nom de guerre era ‘Alejandro’), zarparon en el Granma de la orilla del río Tuxpán navegando río abajo hacia el golfo de México con destino a  Cuba. El objetivo era llegar cinco días después, el 30 de noviembre, a una playa desierta de Oriente llamada Las Coloradas.

Antes de zarpar, Ernesto Guevara de la Serna dejó una carta para ser enviada a su madre. Decía: “El cielo no se ha puesto negro, las constelaciones no se han dislocado ni ha habido inundaciones o huracanes demasiado insolentes; los signos son buenos. Auguran victoria. Pero si se equivocaran,  que al fin hasta los dioses se equivocan, creo que podré decir como un poeta que no conocés: ‘Sólo llevaré bajo tierra la pesadumbre de un canto inconcluso’. Te besa de nuevo, con todo el cariño de una despedida que se resiste a ser total. Tu hijo”.

El desembarco fue caótico, desastroso, fatal. El viaje duró siete días, dos días más de lo planeado. Desembarcaron en un sitio equivocado de la costa caribeña de Cuba. Tampoco coincidieron con la sublevación rebelde prevista en Santiago, el golpe sorpresa, organizada por el dirigente estudiantil Frank País.  El Granma, el 2 de diciembre, encalló en un banco de arena. En tierra firme los guerrilleros rebeles se separaron en dos grupos. Los aviones de reconocimiento vadeaban el cielo, daban metralla a la maleza. De los 82 hombres que desembarcaron en el Granma, solo 12 volvieron a reunirse en la Sierra.

“Quedamos en tierra firme, a la deriva, dando traspiés, constituyendo un ejército de sombras, de fantasmas, que caminaban como siguiendo el impulso de algún oscuro mecanismo psíquico”, escribió el Che. A las 16.30 del 5 de diciembre de ese año, los atacó el ejército del dictador Fulgencio Batista.

Según relató el historiador Jon Lee Anderson en la biografía “Che Guevara, una vida revolucionaria”, el pánico, el terror, sacudió a algunos rebeldes entre las ráfagas de proyectiles.  Corrieron del cañaveral hacia el bosque. Cuando el Che trató de rescatar una caja de municiones, una ráfaga hirió en el pecho al hombre que estaba a su lado y a él en el cuello. Cuentan que el Che cayó en shock, que disparó hacia los arbustos, que quedó tendido y en un ensueño se puso a pensar sobre la mejor manera de morir.

Y que, entonces, recordó un viejo cuento del escritor Jack London, donde el protagonista, apoyado en un árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida. Con esas textuales palabras lo escribió el Che, en La sierra y el llano, La Habana, en 1961. La cita es el preámbulo del cuento “Reunión”, del escritor Julio Cortázar, incluido en el libro Todos los fuegos el fuego.

Se trata, en efecto, de un cuento que narra en primera persona, desde la posición del Che, el desembarco de los guerrilleros en Cuba. Está escrito en el tono cortazariano de aquellos años: una escritura precipitada, rítmica, de mágico realismo, como el bebop, como el jazz.

Arranca el cuento: Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordarnos nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones.

Luis, en el cuento, es Fidel. Pablo es Raúl Castro. Y hay una sola visión, un solo mundo: llegar a encontrase con Luis, imaginarlo vivo, avanzando entre las ciénagas, buscando el abrigo de los sucios pastizales, las bocanadas de aire hirviendo, el barro, la metralla, el tabaco caliente, el plomo de arriba, el humo, el temor de que hubiera caído, la fiebre, el cansancio, el miedo de que los hayan liquidado a todos como a sapos antes de que saliera el sol, el mirar el dibujo que hacen las ramas del árbol contra el cielo más claro.

Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto. La caza, la evocación del halalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo descienda por el tronco y pueda, si quiere, repetir la melodía.

Y todo eso es también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también nosotras a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último término la lleve a tina victoria que sea como la restitución de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que sucede al adagio como un encuentro con la luz.

Lo que se divertiría Luis si supiera que en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar poco a poco esta insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con su evidencia y su desmesura todas las prudentes razones temporales. Pero qué amarga, qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres, por encima del barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto que creíamos imposible, el canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la tierra devuelta a sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luis aunque también a él le guste Mozart, me consta.


Daniel Mecca (@dmecca1) es un periodista, poeta y docente nacido en Buenos Aires, Argentina. Egresó en TEA. Se desempeña actualmente como redactor en Clarín.com. Fue redactor en el "Diario Muy" y en la agencia de noticias “Política&Medios”. Colaboró en el diario “Perfil”, en la revista “Mavirock” y en la revista “Ñ”, entre otros medios. Es autor de los libros de poesía “Ahorcados en la felicidad” (2009) y “Lírico” (2014) . Cursó estudios de ingeniería en la UTN y la maestría en Crítica y Difusión de las Artes en el IUNA. Dio clases de periodismo en la UBA y en el IUNA. Fue nominado a los Premios Estímulo TEA 2011.

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